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5 símbolos de estatus que no son un Rolex o una Birkin

La lista me sale de mirar papeles: escrituras, pactos sociales, acuerdos de accionistas. Casi nunca coincide lo que una familia aparenta con lo que una familia tiene. Cinco cosas que no se ven y que a mi si me dicen algo.

El título es medio tramposo y lo sé. Apenas uno dice «símbolos de estatus», la cabeza se va al reloj y a la cartera, que es exactamente de lo que quiero salirme. No encontré mejor manera de nombrarlo. Llevo semanas dándole vueltas y todavía no estoy segura de que «símbolo» sea la palabra correcta, porque lo que quiero describir es casi lo contrario de un símbolo: cosas que precisamente no se ven.

La lista me sale de mirar papeles. Buena parte de mi vida profesional ha transcurrido leyendo escrituras, pactos sociales, acuerdos de accionistas. Uno termina viendo el patrimonio de la gente en su forma menos glamorosa, que es la documental, y ahí hay algo que se repite tanto que ya no me sorprende: casi nunca coincide lo que una familia aparenta con lo que una familia tiene. A veces para mal, y a veces —esto se cuenta menos— para bien.

Entonces, si tuviera que decir qué me hace pensar «esta persona está bien», bien de verdad y no bien de foto, serían más o menos cinco cosas. Ninguna es bonita y ninguna se puede publicar en Instagram, que quizá sea parte del punto.

Que la escritura diga su nombre

Empiezo por la que más me obsesiona, y aviso que es una obsesión profesional, así que probablemente la sobrevaloro.

Una mujer puede vivir rodeada de activos y no ser dueña de ninguno. La casa donde vive, el carro que maneja, el negocio que ayudó a levantar. Todo eso puede existir y estar a nombre de otra persona, y mientras las cosas van bien nadie lo nota, ni ella. El día que algo se rompe —un divorcio, una muerte, una quiebra— lo único que se lee es el documento. No la historia, no el aporte, no los años. El documento.

Me detengo aquí un momento porque sé cómo suena, y no quiero que suene a advertencia contra los maridos. No estoy diciendo que uno deba vivir con la desconfianza puesta. Estoy diciendo algo más aburrido: que la titularidad es información, y que hay muchísimas mujeres que sencillamente no la tienen, incluso mujeres muy educadas, incluso mujeres que administran el dinero de la casa. Preguntarlo no es un acto de guerra. Es leer un papel.

Poder aguantar seis meses

Nadie presume de su fondo de emergencia. Es la cosa más antisexy de las finanzas personales y probablemente por eso funciona.

Lo que me interesa de la liquidez no es el monto, sino lo que le hace a las decisiones de una persona. Quien puede sostener seis meses sin vender nada negocia distinto. Rechaza distinto. Renuncia distinto. He visto gente aceptar sociedades malas, contratos malos y hasta clientes malos porque no tenía cómo esperar dos meses, y eso rara vez se conversa en esos términos: se conversa como si hubiera sido una mala decisión de negocios cuando en realidad fue una decisión de caja.

Escribo esto y me doy cuenta de que estoy describiendo poder, no dinero. Igual lo dejo, porque creo que es cierto.

Un APC aburrido

Un historial de crédito limpio no le luce a nadie. Pero abre puertas de una forma que la gente subestima, sobre todo aquí, donde el acceso al crédito sigue siendo el filtro que decide quién puede comprar un inmueble y quién no.

Hay algo que me incomoda de este punto y prefiero decirlo: el dinero le sale más barato a quien menos lo necesita. Una persona con buen récord consigue tasas que le permiten construir más patrimonio, y esa ventaja se compone. No tengo idea de cómo se arregla eso a nivel de sistema, y desconfío de quien diga que la tiene clara. A nivel individual sí sé qué hacer, que es cuidar el récord como se cuida una reputación, porque eso es lo que es.

Huecos en el calendario

Este me costó años entender, y hay días en que todavía no lo aplico.

Durante mucho tiempo asocié estar ocupada con estar avanzando. La agenda llena era la prueba de que la cosa iba bien. Con el tiempo me fui fijando en que la gente que de verdad está cómoda tiene espacios vacíos en la semana, y no porque tenga menos que hacer: porque puede decidir qué no hace. Delega, paga por resolver cosas, o simplemente dice que no.

Ahora bien, aquí tengo una duda honesta. No sé si esto es un símbolo de patrimonio o una racionalización cómoda de gente que ya llegó. Una mujer que está construyendo un negocio va a tener la agenda llena por años y eso no la hace pobre ni tonta. Quizá lo que quiero decir es más modesto: que en algún momento el tiempo debería empezar a devolverse, y que si a los cincuenta uno sigue igual de amarrado que a los treinta, algo del diseño hay que revisar.

Quién le contesta el teléfono

El quinto es el más incómodo de todos porque es el que menos depende del mérito.

Las redes deciden muchísimo. Quién te devuelve la llamada, quién te recomienda, quién te avisa del terreno o del cargo antes de que se publique. En Panamá esto es especialmente cierto y todos lo sabemos, aunque preferimos hablar de esfuerzo. Yo he sido beneficiaria de eso y no me hago la desentendida.

Lo que sí creo, y esto lo he visto funcionar, es que una red se puede construir de adulta. Lento, y con más trabajo del que le cuesta a quien la heredó, pero se construye. Lo que no se puede es fingir que no importa.

Lo que me quedó dando vueltas sobre los símbolos de estatus

No sé si la lista está completa. Hay un sexto que se me sigue apareciendo y que no logro formular sin que suene a frase de taller: algo sobre que los hijos sepan leer un estado de cuenta. Me parece más valioso que dejarles el estado de cuenta, pero tampoco estoy segura de que sea un «símbolo» de nada.

Iba a cerrar diciendo que ninguno de estos cinco se compra. Lo escribí, lo leí y no me convence, porque la primera sí se compra. Se compra pagando, como todo.

Y ahí está la dificultad, que es distinta de la que yo tenía en la cabeza cuando empecé a escribir esto. La titularidad no cuesta porque sea un concepto raro. Cuesta porque es cara. Una escritura aquí significa el precio del inmueble, más el ITBI, más la notaría, más el registro, y como casi nadie compra de contado, en realidad estamos hablando de calificar para un préstamo. De las cinco cosas de esta lista, esa es de lejos la más cara.

Puesto de esa manera, ya no me parece tan absurdo que la gente termine comprando la cartera. La cartera sí alcanza. No lo digo con desprecio: hay algo casi razonable en gastar en lo que está a tu alcance cuando lo que quieres no lo está. Aunque tampoco quiero que esto se lea como una defensa, porque he visto a mucha gente gastarse en carteras el equivalente a un abono inicial.

Quizá lo único que quería decir es que esta no es una lista de compras. Cuatro de los cinco no se venden en ninguna parte, y el que sí se vende es el que casi nadie puede pagar de una. Es un final feo, pero es el que me sale.

De esto he escrito antes, en La verdadera riqueza a los 40 y en Pasivos que parecen activos. Al parecer es un tema que no me suelta.

Lee también: La verdadera riqueza a los 40: más allá de las carteras de lujo.