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¿Y si el verdadero lujo hoy es tener un lugar adonde ir donde nadie necesite nada de ti?
Últimamente todo el mundo juega mahjong. O por lo menos así se siente en Panamá. Hay mesas, grupos, clases, gente aprendiendo y gente que ya juega todas las semanas. Yo también juego. Y mientras más lo veo aparecer, más me pregunto por qué ahora.
No creo que sea solamente el juego.
Vivimos probablemente la época más conectada de la historia. WhatsApp, Instagram, LinkedIn, el chat del colegio, el del trabajo, el de la familia, Zoom, mensajes que llegan a cualquier hora. Podemos saber qué está haciendo alguien al otro lado del mundo sin hablar con esa persona hace diez años. Y aun así tengo la impresión de que estamos buscando maneras de volver a estar juntos en persona, sin hacer nada particularmente productivo. Solo estando.
Por eso, creo, están apareciendo tantas cosas que se sienten casi deliberadamente analógicas. El mahjong, claro. Pero también los book clubs y los running clubs, la cerámica, las cenas, los supper clubs, los juegos de mesa. Todas piden algo que internet no puede darnos, que es presencia.
Hay un concepto en sociología que me gusta mucho, el third place. La casa sería el primer lugar y el trabajo el segundo. El tercero es ese sitio al que uno va simplemente a estar con otras personas. Durante mucho tiempo fueron cafés, plazas, clubes, iglesias, parques, barberías, salones. Lugares donde la gente aparecía con cierta regularidad y, casi sin darse cuenta, terminaba conociéndose. No había que hacer una cita tres semanas antes ni preguntarse cuál era el objetivo del encuentro. Había un lugar al que uno pertenecía, y ya.
Creo que eso es parte de lo que estamos buscando otra vez. Especialmente las mujeres.
Muchas de nuestras relaciones adultas son funcionales. Somos madres, esposas, hijas, profesionales, amigas, jefas, clientas, voluntarias, y casi todo el tiempo estamos resolviendo algo para alguien. Hasta la vida social tiene agenda. Vamos a un desayuno para conocer gente, a un evento para hacer networking, a una conferencia para aprender, a una cena porque hay que ir. Incluso cuando nos sentamos a tomar café, muchas veces estamos coordinando algo.
Así que me ha dado vueltas esta pregunta: ¿Y si el verdadero lujo hoy es tener un lugar adonde ir donde nadie necesite nada de ti?
Una mesa donde no tienes que producir ni impresionar a nadie. Donde no explicas qué haces y la persona sentada enfrente no es un contacto. Juegas. Y vuelves.
Esa última parte importa más de lo que parece.
Las relaciones no se construyen necesariamente en las grandes conversaciones. Muchas veces se construyen por repetición: ver a alguien otra vez, y otra, compartir cosas pequeñas, reírse, escuchar historias, perder una partida y ganar la siguiente. Al rato sabes quién siempre llega tarde, quién se pone nerviosa cuando tiene una buena mano, quién pide lo mismo de comer. Parece insignificante. Pero así se construye la familiaridad, y de la familiaridad, algunas veces, sale confianza.
Lo curioso es que llevamos años tratando de fabricar eso profesionalmente. Networking, personal branding, engagement, community building, cómo ampliar nuestras redes. Yo misma hablo de muchos de esos temas. Y sospecho que algunas de las redes más valiosas que tenemos se construyeron justo cuando nadie estaba intentando construir una red.
Esa paradoja me interesa. El valor de las relaciones fuertes existe, eso no lo discuto. Existe capital social. Las personas se recomiendan, se ayudan, comparten información, presentan a otras personas, abren puertas. Eso pasa. Lo que pienso es que funciona porque nadie empezó la relación preguntándose qué podía sacar de ella.
Llevamos demasiado tiempo intentando optimizar cosas que no deberían optimizarse. Pienso en la amistad, en la comunidad, en el tiempo libre. Incluso en el aburrimiento.
Hoy tiene algo casi rebelde sentarse varias horas frente a otras personas a hacer una sola cosa, sin scrolling, sin algoritmo y sin la necesidad de documentarlo todo. Cuatro personas alrededor de una mesa, jugando algo que existe desde muchísimo antes que nosotros.
Puede que el mahjong pase de moda en unos años. O no. La pregunta que deja me parece más interesante que el juego. ¿Dónde están nuestros third places? ¿A dónde vamos con regularidad que no sea la casa ni el trabajo? ¿Dónde conocemos gente sin haber decidido de antemano que queremos conocerla, y dónde somos parte de algo sin convertirlo enseguida en una oportunidad?
Después de tantos años construyendo una vida cada vez más digital, eficiente y conectada, me pregunto si no estaremos extrañando algo bastante más básico. Un lugar con las mismas caras y una razón para aparecer. Todavía no sé si es eso o si es solo el juego (el cual es adictivo).