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Me parece que a varias personas les comenté mi preocupación sobre 2 artículos que leí esta semana. Pienso que deberían haberse leído juntos, pero que la gran mayoría los leyó por separado.
La primera cifra es dura y llegó de la Contraloría: entre enero y marzo de 2026 ingresaron al país 213.3 millones de dólares en inversión extranjera directa, frente a 553.9 millones en el mismo trimestre de 2025. Una caída de 61.5%, según reportó La Prensa.
El componente que más se desplomó fue el de las utilidades reinvertidas, que es precisamente el que mide la confianza de las empresas que ya están aquí. Panamá quedó por debajo de Guatemala y casi a la par de Honduras en captación regional.
Para un país que construyó dos décadas de crecimiento sobre la inversión extranjera, es una señal alarmante, por lo menos así lo veo. Todos añoramos aquellos tiempos de bonanza nacional pero eso es una reflexión para otro día.
La segunda cifra la anunció el propio presidente Mulino el 1 de julio, al lanzar la estrategia «Panamá Pa’ Ti»: la meta de crear 80,000 empleos privados, «no estatales», en alianza con el sector privado, apoyada en una línea de mil millones de dólares de BID Invest dirigida sobre todo a la pequeña y mediana empresa.
Debemos analizar estas dos realidades una al lado de la otra. El capital de afuera se esfuma y la apuesta de crecimiento se traslada, explícitamente, a las pymes de adentro.
Cuando el presidente Mulino lo dijo, me puse muy contenta. Como capitalista que me considero, pienso que el deber de la empresa privada es crear la mayor cantidad de plazas de trabajo posibles, y que esa es la forma de garantizar estabilidad a los ciudadanos.
Sin embargo, más de 15 años trabajando con mujeres, emprendedores y mujeres emprendedoras (tres segmentos distintos), me permiten ver claramente el punto ciego que tal vez a otros no les salta a la vista.
Quiero empezar esta parte de esta publicación por reconocer que, como país, no estamos mal en inclusión financiera.
Panamá es de los mejores de la región. Según el Índice de Inclusión Financiera de Credicorp, en su medición más reciente hombres y mujeres están prácticamente en paridad en el nivel más alto de inclusión: 41% de las mujeres frente a 42% de los hombres, con una brecha de apenas medio punto, una de las menores de América Latina.
En wallets digitales, el 71% de las mujeres panameñas ya usa una, más del doble que hace cinco años, cuando estábamos saliendo de la pandemia.
Este es un logro real: de una política pública que permitió integrar la tecnología a la banca, y de cultura financiera. Merece mencionarse y aplaudirse.
Pero tener una cuenta y mover pagos por el teléfono no es lo mismo que tener capital para crecer un emprendimiento y por ende crear patrimonio. Y aquí viene el problema de siempre, ese que no logramos solucionar.
En el crédito, la brecha sigue muy marcada: 30% de los hombres tiene una tarjeta de crédito frente a 23% de las mujeres, según el mismo estudio de Credicorp. Y cuando pasamos del crédito de consumo al capital productivo (el que convierte un emprendimiento en una empresa formal que contrata), la realidad es otra.
En el registro formal de mipymes de Panamá, apenas el 12% (25,053 empresas) está liderado por mujeres, frente al 88% (177,095) en manos de hombres, según datos divulgados por La Estrella de Panamá.
Ese 12% choca de frente con otro dato, y en ese choque está toda la historia.
muchas de ellas aún informales.Estudios de participación de la propia AMPYME, junto a la Unión Nacional de Pequeñas y Medianas Empresas, encuentran que las mujeres están al frente de cerca del 72% de las microempresas y de más de la mitad de las pequeñas, muchas de ellas aún informales.
Es decir: las mujeres son mayoría abrumadora entre quienes emprenden, y minoría diminuta entre quienes logran formalizar y hacer crecer ese emprendimiento hasta convertirlo en una empresa con nombre, registro y acceso a crédito.
La informalidad es la bisagra de esa contradicción. AMPYME calcula que el 70% de las microempresas del país opera en la informalidad. Y una emprendedora informal no es una emprendedora sin ambición: es, muchas veces, una empresaria a la que el sistema no le presta dinero.
Es un poco como el tema del huevo o la gallina. Muchas no tienen historial bancario ni garantías cuando emprenden por primera vez. Financian su negocio con lo que generaron en algún empleo, formal o informal, y su techo de crecimiento es exactamente ese bolsillo, recordando siempre que las mujeres ganamos menos que los hombres, heredamos menos tierras (garantías) y dada la alta tasa de madres solteras y divorcio, muchas veces nos toca la carga fuerte del hogar.
La informalidad no es una elección personal sino circunstancial. Formalizarse cuesta- y mucho.
Y este es el problema que casi nadie está poniendo sobre la mesa: ese techo no es un problema solo de ellas. Es un problema de todos, y es medible.
Ya en 2019, un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo junto al CEDLAS estimaba que el PIB de América Latina y el Caribe crecería un 16% adicional si se cerrara por completo la brecha de género en el mercado laboral. Y el financiamiento del emprendimiento femenino es una pieza central de esa brecha: una mujer sin acceso a crédito productivo es una mujer que no puede formalizar, contratar ni escalar.
Que el dato tenga años y siga vigente no es un consuelo; es la prueba de que llevamos demasiado tiempo dejando ese crecimiento sobre la mesa
Mantener a la mayoría de las emprendedoras atrapadas en la informalidad, sin crédito para escalar, es dejar producto interno bruto sobre la mesa año tras año.
Es el equivalente macroeconómico a tener media flota de camiones estacionada porque no le entregamos las llaves.
El momento vuelve todo esto urgente, no teórico. Si de verdad queremos 80,000 empleos privados y sabemos que las multinacionales están invirtiendo menos, entonces la pregunta operativa no es a qué foro internacional hay que ir para enamorar a algún inversionista extranjero para que abra la próxima multinacional y genere estos empleos.
La pregunta que todos debemos hacernos es cómo lograr que las decenas de miles de negocios liderados por mujeres que hoy sobreviven en la sombra puedan formalizarse, acceder a crédito y contratar a su segunda, tercera y cuarta persona.
AHÍ, y no en un foro internacional, están muchos de esos empleos que tanto necesitamos.
¿Y cómo se hace? No creo tener la única solución a esta gran interrogante, pero me siento confiada de que contamos con profesionales en todo el país que entienden el problema y ven en su solución muchas ventajas para Panamá.
Aun así, se me ocurre que podemos empezar por lo básico:
1. Medir. No se gestiona ni se mejora lo que no se mide. El sistema bancario debería reportar de forma desagregada por género su cartera de crédito comercial, no solo la de consumo. Hoy discutimos la brecha con encuestas cuando deberíamos discutirla con data.
La Superintendencia de Bancos tiene la autoridad para exigirlo; sería de las reformas más baratas y de mayor impacto disponibles.
¿Por qué es la reforma más barata y de mayor impacto?
Infraestructura existente: Los bancos ya recopilan el género de sus clientes mediante los formularios de Debida Diligencia y formularios básicos.
Costo casi cero: No requiere subsidios estatales, bonos o presupuestos gubernamentales. Solo exige ajustar un campo digital en la plantilla de reporte de los bancos hacia el regulador.
Crea un mercado competitivo: al evidenciar públicamente qué bancos financian a las mujeres y con qué términos, la propia banca privada compite por captar ese nicho. Se generan productos específicos sin que el Estado gaste un solo dólar.
2. Garantizar, y hacer que la garantía llegue. La razón principal por la que una emprendedora sin historial no obtiene crédito no es prejuicio del banco: es que no hay garantía y el banco no puede asumir ese riesgo solo.
La buena noticia es que Panamá ya creó el instrumento: el Fondo de Garantía de Panamá (Banco Nacional–MEF–BID), que cubre hasta el 50% del crédito y reserva un 35% para empresas de mujeres, siguiendo modelos probados como FOGAPE en Chile y el Fondo Nacional de Garantías en Colombia.
El reto pendiente no es crearlo: es que su alcance deje de ser marginal y que ese 35% se traduzca en préstamos colocados, no en un porcentaje en el papel.
Desconozco su alcance real y, para ser sincera, no conozco ni un solo emprendimiento cuya fundadora me haya comentado que resultó beneficiada. Obviamente no puedo pretender estar al tanto a ese nivel de detalle, así que solo espero que se esté utilizando.
Por mi línea de trabajo también sé que existen fondos como PROFIPYME/PROFIMYPE (AMPYME) y FIDEMICRO-Panamá, pero con aún menos divulgación.
Este año la Caja de Ahorros también ha querido moverse en este ámbito. Realizó su Primera Consulta Ciudadana a Mujeres Emprendedoras, junto al Ministerio de la Mujer. Por lo que puedo leer, fueron jornadas de escucha y educación financiera que alcanzaron a más de mil emprendedoras. Es un diagnóstico necesario, pero una consulta identifica el problema; no lo financia. Aun así, estoy segura de que la intención de la institución es entender primero para luego crear el producto.
3. Formalizar con incentivo inmediato, no con castigo.
Hoy formalizarse es un acto de fe. Los incentivos existen. Conocemos la Ley de Sociedades de Emprendimiento, la cual exonera del impuesto sobre la renta los dos primeros años, pero estos beneficios están dispersos: hay que ir de institución en institución a solicitarlos, y al final los bancos siguen pidiendo requisitos imposibles a negocios que apenas nacen.
El mensaje que recibe la emprendedora es claro: formalizarme cuesta trabajo hoy y el beneficio, tal vez, llega después.
Hay que invertir esa ecuación, y se puede con dos medidas concretas. La primera es una ventanilla única: que registrarse en AMPYME active de forma automática todo el paquete: la exención fiscal, el acceso al Fondo de Garantía y una línea de crédito inicial preaprobada, en un solo trámite y no en diez. Formalizarse tiene que abrir puertas el mismo día, no mandarla a hacer fila en cinco instituciones.
La segunda es más de fondo y conecta con todo lo anterior: que los bancos acepten el historial digital como historial crediticio. El 71% de estas mujeres ya recibe pagos por billetera móvil; ese flujo es un registro de ingresos y de comportamiento tan válido como cualquier estado de cuenta. Seguir exigiendo garantías a un negocio de un año, cuando su huella digital ya cuenta su historia, es pedirle un pasado que el sistema mismo no la dejó construir.
Mientras la formalización sea un calvario de burocracia sin financiamiento real al otro lado, seguiremos con un 70% de informalidad y preguntándonos por qué.
Cierro con lo que de verdad me importa. Durante años tratamos la inclusión financiera de las mujeres como un capítulo del informe de sostenibilidad o alguna frase en alguna filmina de presentación.
En acceso y uso ya ganamos esa batalla. Hasta en el puesto de frutas del mercado ya se paga por Yappy.
La que falta es la que de verdad mueve empleo: la del capital que hace crecer una empresa. Panamá no resolverá la caída de la inversión extranjera solo cortejando capital de afuera; tiene que aprender a financiar el que ya germina adentro. Y ese capital, hoy, tiene mayoritariamente nombre de MUJER.