Composición abstracta de tres círculos que se intersectan; el área donde los tres coinciden aparece en tono oscuro

¿Por qué existen realmente las organizaciones sin fines de lucro?

En una de mis clases en la Universidad de Pennsilvania estuvimos estudiando el sector sin fines de lucro y el comportamiento de los donantes. Entre las lecturas asignadas había textos de Hansmann, Walter W. Powell y una revisión de 148 investigaciones sobre las razones por las que las personas donan.

El tema me dejó pensando porque, aunque he trabajado de cerca con fundaciones, programas sociales y organizaciones de mujeres, nunca me había detenido a analizar esta pregunta desde su origen: ¿por qué existen realmente las organizaciones sin fines de lucro?

La respuesta rápida sería que existen para ayudar. Pero esa explicación se queda corta. También ayudan los gobiernos, las empresas, las iglesias, las familias y hasta grupos informales de personas que nunca se constituyen legalmente como una organización.

Entonces, ¿qué hace diferente a una ONG? ¿Es su misión, su estructura legal, la manera en que utiliza el dinero o la confianza que genera? Mientras avanzaba en las lecturas, fui entendiendo que probablemente sea una combinación de todas estas cosas, aunque ninguna, por sí sola, garantiza que la organización funcione bien.

Lo que queda entre el mercado y el gobierno

Las ONG aparecen, en buena medida, en los espacios donde el mercado y el gobierno no llegan, o llegan de manera insuficiente.

El mercado funciona bastante bien cuando una persona paga por algo que va a recibir directamente. Yo compro una camisa, un carro o una comida y puedo evaluar si me gustó, si cumplió con lo prometido y si volvería a comprarlo.

Pero hay necesidades que no funcionan de esa manera. El aire limpio, la seguridad de un barrio, la investigación científica o la conservación del medioambiente benefician a muchas personas al mismo tiempo, incluso a quienes no contribuyeron para hacerlos posibles.

Aquí aparece el problema que los economistas llaman free rider: todos queremos disfrutar del beneficio, pero preferimos que otro pague. En teoría, el gobierno puede resolverlo cobrando impuestos y utilizando esos recursos para financiar bienes colectivos. El problema es que los gobiernos suelen responder a lo que consigue suficiente apoyo político, y muchas necesidades no tienen una mayoría detrás.

Puede existir una causa importante para un grupo de personas, pero no ser una prioridad nacional. Entonces esas personas se organizan, reúnen recursos y deciden actuar por su cuenta.

Esto me hace pensar que una ONG no surge necesariamente porque el gobierno sea completamente incapaz o porque el mercado sea malo. A veces surge porque una necesidad concreta quedó en el medio. Nadie la está atendiendo con suficiente interés, rapidez o profundidad.

También puede ocurrir que una causa todavía no sea popular. Muchas ideas que hoy consideramos normales, como combatir el trabajo infantil, proteger al consumidor o conservar el medioambiente, fueron defendidas primero por grupos pequeños. Durante años, esos grupos mantuvieron vivo el tema hasta que la sociedad estuvo preparada para prestarle atención.

Cuando pagamos por algo que no podemos supervisar

Hansmann plantea otra explicación que me pareció especialmente interesante: las organizaciones sin fines de lucro también aparecen cuando existe un problema de confianza.

Hay situaciones en las que quien paga no puede comprobar fácilmente si el servicio se está prestando bien. Una persona puede pagar un hogar para el cuidado de su padre, pero no estar presente durante todo el día para verificar cómo lo tratan. Un donante puede entregar dinero para ayudar a una comunidad que nunca visitará. Incluso un paciente depende del conocimiento de un hospital y no siempre tiene cómo evaluar si está recibiendo el tratamiento correcto.

Hansmann llama a esto un “fallo contractual”. La persona entrega dinero, pero no tiene manera de vigilar completamente lo que sucede después.

En esas circunstancias, la organización sin fines de lucro puede producir cierta tranquilidad porque quienes la controlan no pueden repartirse legalmente las ganancias como lo harían los propietarios de una empresa. La organización puede generar ingresos, pero cualquier excedente debe permanecer dentro de ella y utilizarse para cumplir su misión.

Entiendo por qué esto puede aumentar la confianza, pero también me surge una duda: ¿es suficiente con no repartir utilidades?

Una organización puede ser legalmente sin fines de lucro y, aun así, administrar mal el dinero, pagar salarios excesivos, gastar demasiado en su estructura o alejarse de su propósito. La figura legal limita algunas conductas, pero no convierte automáticamente a la organización en eficiente, transparente o buena.

Una ONG también puede funcionar mal

Creo que existe cierta tendencia a idealizar a las organizaciones sin fines de lucro. Su propósito puede ser noble, pero eso no significa necesariamente que su gestión sea buena.

Las ONG pueden tener dificultades para conseguir capital, crecer o innovar. Algunas pueden acostumbrarse a trabajar sin medir adecuadamente sus resultados. Como no tienen accionistas en el sentido tradicional, tampoco siempre queda claro quién les exige cuentas.

En realidad, responden ante muchas personas al mismo tiempo: sus beneficiarios, donantes, empleados, voluntarios, miembros y la sociedad. Eso puede enriquecer a la organización, pero también hacer más confusa la responsabilidad. ¿Quién decide si está cumpliendo su misión? ¿El donante que puso el dinero, la persona que recibe el servicio, la junta directiva o la comunidad?

Las organizaciones voluntarias también pueden convertirse en espacios donde las personas aprenden a participar, colaborar y defender causas. Pueden ayudar a desarrollar ciudadanía. Pero no toda asociación necesariamente fortalece la democracia o produce algo positivo. Un grupo también puede organizarse para excluir, dividir o defender intereses dañinos.

El simple hecho de participar en una organización no significa que esa participación sea buena para toda la sociedad.

¿Todavía están claras las fronteras?

Otra idea que me llamó la atención en la lectura de Powell es que las fronteras entre una empresa, el gobierno y una ONG ya no son tan claras.

Muchas organizaciones sin fines de lucro reciben dinero del gobierno, de empresas, de fundaciones, de donantes individuales y de actividades comerciales propias. Al mismo tiempo, algunas empresas desarrollan programas sociales, financian causas o incorporan un propósito que va más allá de producir ganancias.

También existen movimientos informales que logran cambios importantes sin crear una organización tradicional.

Entonces me pregunto si seguimos prestando demasiada atención a la figura legal y no suficiente a la conducta. Quizás la pregunta más útil no es solamente si una entidad tiene o no fines de lucro. También habría que preguntarse qué hace realmente, a quién beneficia, cómo toma sus decisiones, cómo utiliza su dinero y qué resultados produce.

La etiqueta nos dice algo sobre su estructura, pero no necesariamente cuenta toda la historia.

Donar no es una decisión puramente racional

Esta discusión se conecta directamente con el comportamiento de los donantes.

Una de las lecturas revisó 148 investigaciones sobre las razones por las que las personas donan. Lo interesante es que donar no es una decisión puramente económica. Las personas no entregan dinero haciendo solamente un cálculo sobre dónde cada dólar producirá el mayor resultado.

Influyen la empatía, los valores, la religión, las experiencias anteriores, la reputación de la organización, la opinión de otras personas y hasta la forma en que se presenta una necesidad.

También existe una especie de intercambio, aunque el donante no reciba un producto. Puede recibir satisfacción, sentido de pertenencia, reconocimiento o la tranquilidad de sentir que ayudó.

Eso no significa necesariamente que su donación sea egoísta. Creo que las motivaciones humanas casi nunca son totalmente puras o totalmente interesadas. Una persona puede preocuparse sinceramente por una causa y, al mismo tiempo, sentirse bien al contribuir. Ambas cosas pueden ser ciertas.

Algo tan sencillo como pedir una donación también importa. Muchas personas podrían estar dispuestas a ayudar, pero nunca lo hacen porque nadie se los solicita de forma concreta.

También influye ver que otras personas están participando. Si una causa parece tener respaldo social, puede generar confianza y motivar nuevas donaciones. Aunque esto también podría funcionar al revés: si alguien piensa que ya hay suficientes personas ayudando, quizás sienta que su aporte no hace falta.

La transparencia no puede limitarse a un informe anual

La transparencia aparece una y otra vez como un factor central. Los donantes quieren saber cuánto dinero se recibió, en qué se utilizó y qué ocurrió gracias a su aporte.

No creo que esto se resuelva enviando un informe anual lleno de números que casi nadie entiende. La información tiene que permitirle al donante ver la conexión entre su contribución y el resultado. Si esa conexión no está clara, la confianza se va debilitando.

También entendí que conseguir una primera donación es solamente el comienzo. Una organización puede hacer una campaña muy exitosa, recaudar mucho dinero y luego perder a casi todos esos donantes.

La relación se construye después: agradeciendo, informando, mostrando avances y haciendo que la persona sienta que continúa vinculada con la causa. No necesariamente hay que bombardearla con mensajes. Se trata, más bien, de no desaparecer después de recibir el dinero.

Las redes sociales facilitan la donación, pero no aseguran el compromiso

Las redes sociales y el crowdfunding han hecho mucho más fácil donar y llegar a personas jóvenes. Pero facilidad no significa compromiso.

Alguien puede aportar porque vio una historia emotiva, porque un amigo la compartió o porque completar la donación tomaba treinta segundos. Eso no quiere decir que entienda la causa o que volverá a participar.

Me parece que ahí está uno de los retos actuales: transformar una reacción rápida en una relación más consciente.

Los millennials y las generaciones más jóvenes parecen valorar la interacción, la información y la posibilidad de participar. No quieren ser vistos únicamente como una fuente de dinero. Quieren entender, opinar, compartir y, en algunos casos, ayudar a construir la solución.

Esto obliga a las organizaciones a pensar en el donante como alguien que puede formar parte de la causa, no solamente como alguien a quien se contacta cuando hace falta recaudar.

La confianza como punto de encuentro

Después de conectar estas lecturas con mi experiencia, creo que la confianza es el tema que atraviesa toda la discusión.

Las organizaciones sin fines de lucro existen, en parte, porque hay situaciones en las que necesitamos confiar en alguien para actuar en nombre de otros. Pero esa confianza no debería darse automáticamente por la figura legal. Tiene que construirse con conducta, transparencia, buena administración y resultados que puedan explicarse.

Todavía me queda la inquietud de cómo medir el impacto sin convertir cada causa en una tabla de indicadores. Hay trabajos sociales cuyos resultados toman años y otros cuyos efectos son difíciles de convertir en números. Pero tampoco parece razonable pedirle al donante que confíe sin evidencia.

Quizás el reto está en encontrar una forma de rendir cuentas que combine datos con historias y que no simplifique demasiado lo que ocurre.

Una organización puede tener una causa muy noble y aun así no saber sostenerse. Puede tener buenas intenciones y una administración débil. Puede conseguir muchos donantes una vez y no lograr que ninguno regrese.

Todo esto me hace pensar que la misión y la gestión no deberían verse como temas separados. Si una organización quiere producir un impacto duradero, necesita entender a las personas a las que sirve, pero también a las personas que hacen posible ese trabajo con su dinero, su tiempo o su confianza.